Distancia.
Jamás me habías hecho tanto daño.
Tiempo.
Nunca habías marchado tan lento.
¿qué os he hecho para recibir semejante tortura?
¿acaso no he sido un ángel,
un simple espectador de los placeres terrenales?
Mucho he pasado,
he viajado al infierno,
he sufrido una penitencia que no merecía,
y aún así me castigáis.
Pues se acabó.
Por fin este ángel ha encontrado su alma gemela,
otro de su raza que quiere arrancarse las alas,
liberarse del yugo infernal.
Y ni tú, distancia, ni tú, tiempo,
vais a impedirnos nada,
solo sois conceptos efímeros que pronto morirán,
y nos dejarán volar libres al fin.
Los días, horas, minutos, segundos,
volarán.
Los kilómetros que me separan de ti,
desaparecerán.
Solo quedaremos tú y yo,
sin barreras, sin cadenas, sin alas.
Ya no seremos ángeles,
pero, ¿quién quiere serlo?
¿quién quiere ser un alma solitaria de por vida?
Así que dejémonos caer en la tentación,
con confianza, con pasión, sin miedo,
y fundámonos en el fondo del abismo,
que se mezcle el fuego y la sangre,
en un abrazo eterno.
Y al fin, solo de esta manera,
podremos llegar al cielo,
a ese paraíso que se nos negó
por ser ángeles caídos.
Unidos.
Tú y yo.

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